No querría frivolizar sobre esta cuestión, pero no me negarán que existen circunstancias bastante llamativas en torno al virus H1N1. Hace unos diez meses saltaban todas las alarmas y los teletipos inundaban las redacciones de periódicos, radios y televisiones alertando de un brote de una extraña infección que, en un primer momento, fue denominada “gripe porcina”. El origen de este brote epidémico se situaba en México y se identificó como primer portador a un niño que fue inmortalizado ante las cámaras de televisión jugando con unos cerdos.
Como era de esperar, el pánico se adueñó de buena parte de la población, cuya primera reacción fue dejar de consumir productos procedentes del ganado porcino. Los productores de carne de cerdo y sus derivados asistían perplejos a una situación que venía a empeorar aún más sus resultados en plena crisis (¿o era desaceleración?). Las autoridades reaccionaron informando de que la enfermedad no se contagiaba con el consumo de carne porcina y sólo faltó visualizar una demostración por parte de algún ministro degustando un buen solomillo de cerdo. Mientras tanto, asistíamos con creciente temor y perplejidad a un incesante goteo de noticias en las que nos informaban de nuevos casos de contagio, alcanzando la situación tintes apocalípticos cuando empezaron a llegar las confirmaciones de las primeras muertes de afectados por esta nueva forma de gripe.
Las portadas de la prensa escrita y los noticiarios de radio y televisión se llenaban de referencias a la gripe A, se entrevistaba a expertos (curiosamente en algo nuevo) que ponían malos cuerpos, sobre todo cuando se empeñaban en recordar la famosa gripe española de 1918 y sus nefastas consecuencias demográficas. Era urgente encontrar una vacuna y adoptar medidas profilácticas. Se diseñaron protocolos en las empresas y organismos oficiales, que recomendaban no darse la mano ni besarse, se agotaron las mascarillas, los laboratorios incrementaban la producción de geles desinfectantes. Internet se llenó de informaciones sobre la enfermedad, abundando los bulos y las exageraciones. Cualquier vecino o persona cercana pasaba a ser considerado un presunto “contagiador”. Las relaciones sociales se resentían e, incluso, se planteaba la posibilidad de condicionar actividades como competiciones deportivas o la vuelta al colegio.
Parece que ha pasado mucho tiempo de todo esto, pero no ha transcurrido ni un año. Ahora la gripe A ya no es un motivo de conversación y casi ha pasado desapercibido que la OMS anunció la pasada semana que hemos entrado en la fase postpandémica. Los seres humanos somos muy dados a creer en procesos apocalípticos. Todas las civilizaciones los han desarrollado y ahora, que nos creemos más listos, seguimos siendo proclives a este tipo de temores. Orson Wells con su recreación radiofónica de “La Guerra de los Mundos” sembró el pánico entre la población de Estados Unidos. Más recientemente hemos asistido al desarrollo de intensos temores, que, a pesar de su vida efímera, también dieron lugar a enormes controversias amplificadas desde diversos medios de comunicación y que, además, conllevaron esfuerzos y gastos innecesarios: el agujero de la capa de ozono, el efecto 2000, la gripe aviar…
Dos reflexiones para terminar: resulta llamativo que los responsables políticos se pusieran de acuerdo para adoptar medidas ante una amenaza no suficientemente contrastada y no sean capaces de hacerlo ante la realidad de una preocupante situación económica. Resulta una extraña coincidencia que las noticias sobre la gripe A se hayan concentrado durante la fase más aguda de la crisis económica y que haya perdido protagonismo cuando parece que nuestra economía empieza a superar los momentos más complejos. |