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| - ALAMBOR - | |||
Macarro, poeta de la libertad |
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| 23-FEBRERO-2010. OPINIÓN | |||
| “No cabe mejor memoria. Otra cosa sería remover resentimientos y, si de verdad, conoce el nombre de sus verdugos, nada mejor en honor a su propia realidad que aparte su perdón; con datos fidedignos buscara a los familiares de tales “verdugos” y a ellos la expusiera abiertamente, en la seguridad que ellos le pedirían perdón a él; camino recto a través del cual es posible, que algún día lográramos el pleno entendimiento y a su través iniciar el camino recto hasta recuperar el esplendor perdido”. Más o menos así, terminaba mi artículo “El silencio de las cunetas”. Un artículo que surgió en respuesta a una entrevista que el diario ‘El Mundo’ le hacía a Marcos Ana, seudónimo tras el que se escuda Fernando Macarro Castillo en simbólico homenaje, dice, a sus padres Marcos Macarro y Ana Castillo, presentado ante quien le quiera escuchar como “ex `presidiario por motivos de conciencia”. Sin embargo la realidad es bien distinta según refleja el Expediente 120.976 del Archivo Histórico del Ministerio de Defensa, en el cual constan los motivos de su condena: Como secretario de las Juventudes Socialistas Unificadas de Alcalá de Henares, y jefe de un grupo de milicianos del Batallón Libertad, tomó parte directa en el asesinato de Marcial Plaza Delgado el 23 de julio de 1936 y de Amadeo Martín y Agustín Rosado, el 3 de septiembre del mismo año. Aparte la injusticia de su condena a muerte, aseguraba convencido de que salvó su vida gracias a la solidaridad internacional. Deshecha por tanto, que su vida la salvó debido a su minoría de edad cuando “los hechos”, condena a muerte conmutada por vitalicia en 1945, para 16 años después, en 1961, quedar en libertad debido a un providencial Decreto Ley firmado por Francisco Franco. Emigra a Francia para regresar en 1976 de nuevo, sin que hasta el momento nadie haya vuelto a importunar a este luchador por la libertad, a el cual el pasado 4 de diciembre, el ministro de Trabajo Celestino Corbacho le notificó que el Gobierno de España acababa de otorgarle la Medalla de Oro al Mérito al Trabajo (?). Un detallado reportaje en el Semanario ALBA, firmado por José R. Barros, aclara algo más la azarosa trayectoria de este idealista que a sus 90 años, parece ser que ha conseguido hasta que el Partido Popular avale su candidatura al Premio Príncipe de Asturias de la Concordia. Digno colofón, de haber fructificado, a añadir al premio René Cassin de Derechos Humanos, concedido por el Lehendakari Patxi López el 20 de enero pasado, seguido del que días más tarde la Fundación Abogados de Atocha le otorgara. Convencido de que <<Una buena memoria histórica es la mejor vacuna para las nuevas generaciones>>, aludía a aquellos “jóvenes que se dejaron la juventud luchando por unos ideales, ocultando que detrás de tanto altruismo se escondía el inmenso drama escrito con sangre inocente, sobre unas cunetas cuyo silencio mantiene enhiesto su halo acusador y, <<Sin rencor y sin ansia de venganza>> el poeta libertario ahora pretende que aquellas cunetas recuperen su voz para que cuenten una verdad condicionada. Vano intento, cuando tratando de enmascarar su sectarismo admite que: <<Al principio en los dos bandos se cometieron actos descontrolados, pero cuando acabó la guerra la política llevada cabo fue de autentico genocidio>>. Cierto que cuando la guerra acabó, los vencedores perdieron su gran oportunidad de perdonar, hubieran vencido dos veces. Pero ello no obsta para que los “actos descontrolados” de aquel Frente Popular no fueran merecedores de idéntico calificativo: Genocidio. Un genocidio inicuo, reprobable y estúpido que por innecesario resulta tanto o más reprobable que el de aquellos otros, que vencedores, no tuvieron la suficiente altura de miras para conseguir desde aquel mismo momento una auténtica integración entre hermanos, eliminando para siempre aquellos odios, consecuencia de la feroz lucha fratricida. No fue así, para nuestra desgracia, y el anatema continúa; al menos para los que, tal que el poeta libertario, mientras no demuestre su inocencia en “aquellos hechos” por los que la historia le condena: las muertes del sacerdote Manuel Plaza Delgado, del cartero Amadeo Martín Acuña y del campesino Agustín Rosado, serán la pesada losa que superando medallas y premios encenagados de sangre inocente arrastrará mientras viva. |
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