Si parecía imposible que los ciudadreañeos superasen la celebración por la victoria de España en la pasada Eurocopa de fútbol, el triunfo de ayer en la final de la Copa del Mundo dejó lo de hace dos años en un juego de niños.
Más de un millar de ciudadreañeos se congregaron a la hora del partido en la Plaza Mayor de la capital, lugar en el que había instalado una pantalla gigante para seguir la histórica final.
Muchísimos más salieron a la calle poco después de que Casillas levantara el título que acredita al combinado que dirige Vicente del Bosque como la mejor selección del mundo.
La calle de la Mata y El Torreón fueron los lugares elegidos para continuar los festejos.
Muchos seguidores llevaban sus ropas empapadas del agua de algunas de las fuentes de la capital. Otros cuantos, ayudaron a colapsar el tráfico con sus coches poco antes de la media noche.
Fue una noche de locura, la tensión acumulada durante los 120 minutos dio paso a una alegría inmensa. No era para menos, los españoles llevaban toda la vida esperando este momento y la agónica forma de lograr el triunfo (a cuatro minutos del final) no hizo sino aumentar la satisfacción.
No fue fácil. El optimismo que tenían los aficionados congregados en la Plaza durante los primeros minutos (motivado por un par de claras ocasiones de gol) dio paso a cierta preocupación. Holanda no dejaba maniobrar el talentoso centro del campo español y los minutos iban pasando sin que el marcador se moviera.
Las polémicas decisiones arbitrales convirtieron al colegiado en el blanco de las iras de la hinchada. Muchos de ellos por entonces pensaban que el histórico gafe español en este campeonato viviría un nuevo episodio y que el árbitro sería el triste protagonista.
Al final de los 90 minutos reglamentarios había una salomónica división de opiniones sobre cual sería nuestra suerte. Mientras la mitad de los aficionados congregados en el Ayuntamiento aplaudía antes del inicio de la prórroga, la otra no podía ocultar su preocupación. España había jugado mejor y muchos temían que el ganador se decidiera en penaltis.
Pero un manchego llamado Andrés Iniesta impidió que los españoles prolongaran su sufrimiento y a cuatro minutos del final logró de fuerte disparo dentro del área anotar el único tanto de la final.
Su gol fue coreado en cada casa y en cada calle de la capital. Era el gol más importante de nuestro fútbol y con él hacía olvidar por unos momentos a millones de españoles sus problemas. Tenía que ser uno de los nuestros...
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